Opinión detallada de bobpoli
bobpoli
Alcoletge, España98%
Gassan Diamonds supuso para mí una visita inesperada y sorprendente durante mi viaje a Ámsterdam. Lo cierto es que no sabía muy bien que podía esperar de una visita a una "fábrica de diamantes", y me imaginaba un taller enorme, con unas maquinarias pesadísimas, con bastante gente trabajando en ellas y... por qué nadie me había explicado antes cómo se tallaba un diamante??
La guía "I amsterdam", que recomiendo a todo visitante de la ciudad, incluye una visita guiada a la fábrica Gassan, totalmente gratuita. Nos costó un poco localizar el edificio en cuestión, pues se separa un poco de la zona más turística, y aún encontrándose cerca del Opera Haus, algo hay que callejear para llegar a la puerta principal de acceso. Mucho más fácil es, sin duda, llegar en barco o autobús, aunque de esas opciones nos enteramos demasiado tarde (y el tranvía te deja cerca, pero tampoco en un lugar desde el que puedas adivinar sin temor a equivocarte dónde se encuentra la fábrica).
El edificio es inmenso y una vez que lo has visto, resulta difícil no reconocerlo en una foto, por lejos que esté tomada. La fachada trasera, sobre todo, que da a un canal, y que se utiliza como entrada preferente para minusválidos, por la facilidad con la que pueden desembarcar de los botes-bus, es su imagen más representativa, y causa respeto a quien la ve, pues es más parecida a una gran cárcel que a un lugar donde se cuida el carbono cristalizado como el mayor tesoro del mundo.
Para entrar, tuvimos que pasar un control policial que nos impuso una insignia como "visitantes". En recepción fuimos atendidos en inglés, y tras preguntarnos el idioma de nuestra preferencia, apareció Celia, una chica cubana, que nos condujo al interior de la fábrica y nos explicó, de forma fácilmente inteligible, y ayudada de una amplia exposición, tipo museo, a conocer el origen de los diamantes, las diferentes formas de tallarlo y el por qué de los elevados precios que consiguen en el mercado. Acto seguido, comprobamos por nosotros mismos unos lances de la talla del valioso material, y pudimos hacer una serie de fotos al "artesano labrador", cuya habilidad con las pequeñas herramientas nos dejó boquiabiertos.
Celia nos condujo después a un despacho en el que nos explicó las diferentes purezas del carbono, los colores que podía adquirir y su valor de mercado, que se calculaba teniendo en cuenta todos estos factores, además de los consabidos quilates, que no eran sino una medida del peso de la pieza. También mencionó las distintas tallas, antes de proceder a solicitar una serie de ellas, que nos presentó "en vivo y en directo" ante nuestros atónitos ojos. Era la primera vez que tocaba un verdadero diamante!! Lo miraba con admiración, respeto y miedo, mucho miedo a que se me cayera, se perdiera, se rompiera (qué inocente...). Faltaba conocer el precio de aquella maravilla, y la verdad es que, salvo el del "gran pedrusco", que superaba los 175000 euros, los demás me parecían incluso asequibles. Tanto fue así que no pude evitar la tentación de comprar uno de los pequeñitos (0.03 quilates) que me costó 40 euros por su pureza y color, bastante cercanos al ideal. Tentado estuve a llevar uno de 0.11 quilates, pero pensando fríamente, se trataba sólo de un recuerdo, pues no uso piercings ni joyas, y no tendría mucho sentido engarzarlo (al menos, mientras no tenga a quién regalárselo...).
Los últimos momentos de la visita fueron quizás demasiado comerciales, pues Celia se centró en los precios de las piedras y no cesó en mostrarnos diferentes tallas, pesos y purezas hasta que logró convencernos para comprar, al menos, una. Pero lo cierto es que la visita en sí, y el hecho de haber tenido en la mano un diamante de semejante calidad con la talla Gassan, de 121 caras frente a las 57 habituales, fue total y absolutamente impresionante e inolvidable.
Diamantes Gassan10
Valoración
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Accesibilidad
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Se tiene que ver
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Barato
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Arquitectura
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Exposición
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Interés