Opinión detallada de Digui
Durante uno de nuestros viajes a Rumanía visitamos Bucarest, que es una ciudad, como todas las grandes capitales del este, en la que, más que otra cosa, uno siente el peso de su historia política, presente como un deje residual en el ambiente, en el que la que los símbolos de la religión ortodoxa también están muy presentes. Bucarest me resultó una ciudad gris, no sólo por el monótono gris de los bloques uniformes, idénticos, gris en el ánimo de sus ciudadanos, gris hasta en el mismo aire, sucio de polución, y en su clima plomizo.
Es una ciudad enorme, vieja, como toda gran capital del este, fría, en la que,de repente, emerge de entre su monotonía triste, seria y austera, algún vestigio arquitectónico de la apagada majestuosidad de otro tiempo perdido, pero aun así eternamente existente, como un ente siempre sombrío y solemne.
Este Palacio del Parlamento es el mejor exponente del enorme peso de ese espíritu gris y melancólico. Una construcción colosal, una mole cuya masa ancla la ciudad a su historia pasada, la imppide avanzar sin dejarla despegar hacia el futuro, y la deja siendo, en el presente, precisamente eso, una ciudad anclada por peso monumental de sus perdidas y grises glorias.
Despojándome del estado de ánimo que la ciudad infunde, me resulto una construcción imponente. Es visible ya a kilómetros, al enfilar una gran avenida, sobre una ligera elevación del terreno. Es magnífico por sus dimensiones y su deliberada ubicación contribuye a aumentar su majestad. Enfrente hay una explanada que hace de aparcamiento. Desde este lugar tomé varias fotos. En ellas se aprecia el tamaño minúsculo de varios autobuses aparcados ahí en comparación con la mole de este magnífico edificio. Digno de ver.
Palacio del Parlamento - Palacio del pueblo7