Opinión detallada de bezudo
Hay un lugar en Cuenca que tiene personalidad propia, un encanto por lo que es y por donde está. Además de sus atractivos físicos tiene un profundo carisma que genera sentimientos de cariño. Todos los conquenses lo conocen y viene aconsejado en todas las guías, es un pequeño santuario clavado en la falda rocosa de la Hoz de Júcar: la Ermita de las Angustias.
Se puede llegar por diferentes caminos y todos igual de aconsejables, depende de donde nos encontremos.
Podemos ir caminando o llegar en coche, obviamente esta es la opción más cómoda si quieres ir directamente, pero te privará de realizar un bello recorrido. En este caso hay que salir de Cuenca por la carretera de Tragacete y Ciudad Encantada desde el Puente de San Antón, recorriendo aproximadamente un km. debemos girar a la derecha y cruzar el estrecho puente de Los descalzos para pasar junto al Recreo Peral e iniciar la subida hasta la misma Ermita.
Este mismo trayecto se puede hacer caminando, siempre provistos de unas cómodas zapatillas, bien desde el Puente de San Antón, bien desde la Puerta de la antigua muralla de San Juan. Ambos recorridos permiten acercarse al rio de verdes aguas y recrearse en las vistas de la hoz, la naturaleza y los rascacielos medievales.
Aconsejo en este caso tomarse un refresco en el bar del Recreo Peral o un buen trago de agua fresquita en la Fuente del Abanico, en los Juegos de Bolos, para hacer más llevadera la cuesta que nos espera.
El otro recorrido puede hacerse descendiendo desde la Plaza Mayor.
Bajaremos por la calle medieval de Pilares que delimita el centro de la actividad urbana de la Plaza Mayor con la balconada al Júcar. Descenderemos por cualquiera de sus dos pasajes que dan al barrio de San Miguel.
El pasadizo central es una muestra de la osadía arquitectónica conquense al buscar vías de escape hacia el aire libre. Una brusca bajada escalonada en zig-zag terminando en un arco ojival.
El otro, el que está frente al Convento de las Petras y junto a las escaleras de la fuente de la Plaza Mayor con la entrada adintelada, desemboca sobre la Iglesia de San Miguel. En ambos casos se nos muestra un espectáculo para recreo del alma. La agreste belleza de la hoz del rio que no pasa por Cuenca, que la bordea acariciándola sin pasar por sus calles y Cuenca, como el amante platónico, lo contempla desde este balcón.
Es la simbiosis permanente que define a Cuenca, la unión entre naturaleza y urbe.
Tenemos a la vista, o más bien estamos a los pies, de los edificios que conforman una línea anárquica jugando con la verticalidad, unos junto a otros, disputándose el espacio.
La Bajada a las Angustias es un continuo acondicionamiento de la escalera a la roca llegando a ser horadada en un tramo, tomando el nombre del Postigo de los Descalzos. Hay un rostro labrado en el risco al que, según la costumbre, hay que aproximar el oído para escuchar lo que nos dice... si no tenemos a nadie cerca, de lo contrario nos dará un coscorrón contra la piedra.
Pasado el Convento de los Descalzos nos encontramos con la ermita extramuros de las Angustias, co-patrona de la ciudad y patrona de la diócesis. Nos recibe un amplio atrio empedrado cual remanso de paz y sosiego tras la caminata. Podemos recuperar fuerzas en su barandilla a la sombra generosa de los álamos mientras observamos el paisaje.
Se presume que la veneración a esta Virgen surgiera al poco de la conquista de Cuenca y se sabe que a finales del XIV existía una pequeña ermita frecuentemente visitada por devotos.
Cuando llegaron los Descalzos en el siglo XVI quedó anexionada a su convento lo que causó gran malestar en la población. La solución fue colocar una pequeña imagen de la Virgen a la entrada de la ermita, a la vista de los fieles, pero estos reclamaban poder entrar libremente al santuario. La solución definitiva se dio en el siglo XVII con la construcción, en unos terrenos anejos, de la ermita que hoy podemos contemplar. En 1711 la ermita acogió una imagen nueva de la Virgen y en 1756 se terminaron las remodelaciones en el edificio y en los accesos al mismo, obra del arquitecto turolense José Martín de Aldehuela, que había trabajado en la catedral y que es autor del famoso Puente Nuevo de Ronda.
El templo es de pequeñas dimensiones, tiene la fachada protegida por un enrejado en la que destacan sus tres campanas, la nave es de un solo cuerpo dividido en dos por una verja tras la que se encuentra el altar barroco donde preside la imagen de la Virgen que mantiene en sus brazos el cuerpo sin vida de su hijo, bajo una cúpula con el escudo de Cuenca y sostenida por columnas.
La sobria decoración está acorde con la devoción popular.
La gran veneración que los conquenses profesan a su patrona se pone especialmente de manifiesto durante el día y la noche del Viernes Santo yendo en peregrinación como se dice -a acompañar a la Virgen en su soledad-. La imagen desciende de su pedestal y se pone en el suelo, a la altura de los devotos que le besan el manto.
Es el santuario en el que la mayoría de los conquenses desean casarse pero que solo unos privilegiados hemos podido realizarlo.
Ermita de Nuestra Señora de las Angustias8