[01/08/2007] El articulista, cliente del restaurante, comienza explicando que no esperemos encontrar un local bonito, pues según él, decir que el exterior "no es muy coqueto, es ser muy benigno", ya que el local sigue exactamente igual que hace 20 años, pero aclara que eso carece de importancia porque lo importante está dentro.
Nos habla de los mariscos, todos ellos frescos y preparados con antiquísimas salsas secreto de la casa, mencionando también el ambiente que califica cómo "inigualable". A continuación nos habla del "señor del bigote", dueño del local, que no ha invertido nada en modernizar el local "ni falta que le hace"..
Opina que la carta del restaurante "no tiene sorpresas" pues hay que tomar el "bacalao dorado", o unas almejas, para luego ir directamente al plato fuerte de las "sapateiras o bueyes de mar". La costumbre de poner unos mazos de madera en vez de pinzas para partir las patas del buey, le trae a la memoria las "imágenes que tiene grabadas desde niño", cuando su familia utilizaba este accesorio.
Luego habla de la repostería, mencionando entre otros platos el "molotov", un dulce que según él "se deshace en la boca".
Posteriormente comenta el excelente trato del servicio, su simpatía tras esa imagen de "funcionarios con aspecto de salir de una novela de Saramago", y confiesa su asombro ante el bajo precio de la comida., comentado que "no se lo podía creer".
Finaliza su artículo mencionando su visita a una iglesia cercana, donde se sorprendió de las reproducciones de miembros humanos que allí había, por lo que recomienda se vaya antes de comer.
Este relato es una interpretación de lo que el autor menciona arriba
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