Estambul, la mayor ciudad de Turquía, a orillas del Bósforo y del mar de Mármara, constituye un centro estratégico y comercial clave entre Europa y Asia. Capital del Cristianismo durante la Edad Media y cuna del islamismo con los otomanos en 1453, hoy en día es fruto de tensiones religiosas entre el islamismo social de su población, y el modernismo occidental de sus dirigentes. Sin embargo, conserva esa belleza que invita al turista a descubrirla.
La ciudad de las mil y una noches
Un poco de historia
Estambul fue la capital del Imperio Otomano entre 1453 y 1923. La ciudad se desarrolló alrededor de las mezquitas y sus dependencias creadas por los sultanes y por los políticos relevantes. Residencia de los patriarcas griego y armenio y del gran rabino, se convirtió en una capital cosmopolita, en la cual cooperaron musulmanes, cristianos y judíos al servicio de los otomanos.
En la ciudad, donde se se mezclan sutílmente los artes griego, romano y bizantino, se esbozó una nueva era arquitectónica a partir de 1453. Síntesis de las premisas bizantinas y selyúcidas, el arte otomano se manifiesta en construcciones numerosas y variadas (mezquitas, madrasas, palacios, tumbas, bibliotecas, fuentes, etc.), así como en la transfromación de templos cristianos en mezquitas: Santa Sofía, San Teodoro.
Paseos entre palacios y mezquitas
Dispuestos a retratar toda la ciudad, quedamos prendados de
Sultanahmet, la parte vieja de Estambul y que es considerado
Patrimonio Cultural de la Humanidad. Este barrio concentra toda la parte cultural de la ciudad y fruto de ello, la concentración de hoteles, tiendas y restaurantes es sólo comparable a la cantidad de turistas de distintas nacionalidades que por allí circulan.

Destaquemos en primer lugar la
Mezquita de Santa Sofía. Construida como iglesia en el año 532 por Justiniano, se convirtió en centro espiritual del Imperio dadas sus dimensiones, tecnología, grandeza y esplendor. Mohamed el Conquistador la convirtió en mezquita en 1453 y Atatürk la declaró museo nacional en 1935. Vale la pena pagar los 10 euros que vale la entrada cuando a través de sus interminables pasillos vislumbramos una parte de la historia que queda tan lejana.

Enfrente, como si de un cara a cara se tratase, se encuentra la
Mezquita Azul, construida entre 1609 y 1616 con la intención de competir en belleza con la de Santa Sofía. Flanqueada por seis alminares, su interior, alicatado con azulejos azules esmaltados, representa una muestra de majestuosidad y conservación que permanece con el paso de los siglos. Si su belleza resulta curiosa para el visitante, su entrada gratuita ya la hacen visita obligatoria
Y en sus alrededores, interminables jardines donde estirar las piernas, comer un pequeño aperitivo, sacar fotos desde la lejanía a estos templos religiosos, o simplemente, disfrutar de tanta belleza en tan poco espacio.

Y muy cercano a estos dos lugares tenemos la posibilidad de ver uno de los monumentos que más boquiabiertos deja al visitante, la
Cisterna Sumergida. Mandada construir por Constantino en el s. VI, y posteriormente ampliada por Justiniano se usaba como reserva de agua para épocas de sequía. En la época otomana sirvió para regar los jardines del palacio de Topkapi. Tras caer en el mayor de los abandonos, las autoridades turcas acabaron restaurando este lugar abriéndolo al público en 1987.
Más de trescientas columnas de mármol sostienen la bóveda y cada una de ellas proceden de otros restos helenísticos de los edificios que hace siglos se extendían por este Imperio. En especial hay que destacar la
Columna de las lágrimas, por sus adornos que la decoran en toda su extensión, y dos columnas que tienen como base sendas cabezas de Medusa. Si bien es cierto que la entrada es cara para el tiempo que se tarda en amortizarla, la belleza que uno vislumbra hace olvidar el precio. Tras bajar una larga escalinata, accedemos a una inmensa cisterna semiiluminada por luz eléctrica con decenas de columnas que adornan la estancia. Desde las plataformas se pueden contemplar los peces, algunos de buen tamaño, que nadan en el agua. Pero embriagador resulta ver como en el silencio sólo roto por el susurro de los visitantes ante tanta belleza, se oyen las filtraciones de agua que caen como gotas en este lugar.

En nuestro paseo no debemos dejar pasar la oportunidad de entrar al
Palacio de Topkapi, antigua sede administrativa del Imperio Otomano cada nuevo sultán inquilino en el palacio, fue adornándolo con nuevas construcciones, hasta que en el s. XIX fue abandonado. Sus murallas, que salvaguardan los más de 600.000 metros cuadrados en que se extiende esta construcción, aún se mantienen intactas. Pero la riqueza de este edificio está en su colección de joyas y objetos, una de las más ricas del mundo (de sus 65.000 piezas, sólo un 10 % están a la vista del público ante la falta de espacio). En nuestra visita, que nos puede salir bastante cara dado que el acceso a algunas salas supone un suplemento, no debemos dejar pasar de fijarnos en la sala del tesoro, las cocinas, el harén y los patios. Y por supuesto, no debemos dejar de asomarnos a vislumbrar las impresionantes vistas, inigualables desde cualquier lugar, de Estambul.

Al otro lado de la ciudad debemos de detenernos en el
Palacio de Dolmabache. Rodeado por una inmensa explanada acondicionada para el descanso, el esplendor de este palacio es comparable con Topkapi. La entrada de seis euros se ve bien merecida gracias a guías en distintos idiomas, que nos sumergen en la historia de un referente en Estambul.
Construido como centro de poder, la llegada al poder de Mustafa Kemal Ataturk hizo que entregará el palacio al pueblo convirtiéndolo en un museo.
El palacio se compone de tres alas, la administrativa, el harém y el salón del trono, sala que nos dejará anonadados ante tanta majestuosidad. Durante la visita veremos como predominan en cada sala ciertos colores, y destacan sus 4.500 metros cuadrados de alfombras en seda, así como su decoración renacentista y barroca.
Momentos para el descanso y el ocio

El
Gran Bazar es punto de encuentro de turistas hambrientos de recuerdos y gangas y vendedores con labia suficiente para embaucar al cliente más impertérrito. Este complejo amurallado esconde en su interior más de 4.500 tiendas y puestos en un compendio de callejuelas que se vuelven un completo laberinto. Destacar que los artículos estrella son las Puma Speed Cat y los bolsos de Louis Vuitton, eso sí, verdaderas falsificaciones a precios irrisorios que no os olvideis de regatear.
Pero entre tanto bullicio de vendedores ansiosos por ofrecerte sus productos, siempre podemos acercarnos a la
Cevahir Bedesteni, las tradicionales casas de joyas, corazón original del bazar que data del s. XV y donde podemos encontrar todas esas joyas, monedas y piezas valiosas que siempre hemos imaginado en los cuentos de príncipes árabes.
Y entre tanto caminar, debemos de reponer fuerzas al bocado de un kebab, bocadillos de carne de pollo o cordero cuyo exotismo se ha expandido comercialmente por todo el mundo. Son cientos los puestos que se aglutinan en las calles ofreciendo este manjar que gira y gira.
Y si estamos sedientos, podemos probar el Ayran, una especie de yogurt líquido, la variedad de tés que nos ofrece la hostelería turca, o si somos más tradicionales, probar la cerveza local, Efes Pilsen.
Y si a lo largo del día estamos cansados de tanto ambiente otomano, o tenemos añoranza de lo occidental, siempre podemos acercarnos a
Akbyyik, la calle menos turca de Sultanahmet, donde a uno y otro lado se concentran hoteles, restaurantes y bares orientados a los turistas. Letreros en inglés, los últimos éxitos musicales en las listas de ventas europeas, partidos de liga ingleses, italianos o incluso españoles.
¿Por qué no te acercas a comprobarlo?