Opinión detallada de Lumepe
Mi estancia en Cuba data del 2002, por motivos de un viaje institucional. Estando hospedados en el Hotel Nacional, la agenda cubierta casi todos los días, y una noche aprovechamos que disponíamos de unas horas y sabiendo de esta atracción que nos habían comentado con antelación, me desplace junto a un compañero en dirección hacía la Fortaleza.
Cogimos un taxi desde el Hotel hasta la Fortaleza, quedando con el taxista que nos volviera a recoger, ya que teníamos una cena a las 21,30 horas. Muy amablemente dijo que no hacia falta que se quedaba esperándonos.
Accedemos a la Fortaleza, al final del túnel de la entrada estaban las taquillas y cosa que ya no nos sorprendía es que habían dos colas, una para los nativos y otra para los turistas. Los nativos creo recordar que pagan 1 o 2 dolares cubanos, mientras los turistas pagábamos ocho dolares americanos, la diferencia sustancial.
Eran las 20:45 cuando accedimos al recinto, justo para contemplar la parte baja de la fortaleza y alguna dependencia, fuimos siguiendo a los grupos de gente que se dirigían hacia una de las terrazas superiores de la fortaleza, desde esa posición es de donde se contemplaba esta tradición, una de las emotivas e interesantes para los cubanos. Una vez arriba nos acercamos al muro de la terraza al igual que el resto de personal que se encontraban allí, el espectáculo estaba a punto de empezar, todos cogiendo su posición y sin dejar hueco alguno.
A la 20:50 se apagan las luces, se empieza a escucha el redoblar de los tambores y una voz con son de mando empieza a dar instrucciones, y hace que todo el mundo se calle y se produzca un silencio que se apodera de la noche. Con impresionante majestuosidad van apareciendo los soldados en formación, vestidos a la usanza de la época, es decir con casacas y pantalones rojos, pelucas blancas y altas botas negras, manteniendo y continuando la tradición.
El replique de los tambores anuncia el disparo del cañón La Parca, para rememorar el que antaño marcaba la hora de cerrar las puertas de la muralla que rodeaba a la Villa de San Cristóbal de La Habana, sin dudas el mejor sistema de seguridad que convertía a la ciudad en la más protegida de toda la región.
El silencio es total, después de la realización de los movimientos correspondientes al acto efectuados por los soldados, el encargado de encender la mecha prepara su antorcha a la que prende fuego y unos veinte segundo más tarde suena el cañonazo a las 9 en punto, que es escuchado en toda la ciudad, como anécdota también sirve para mirar el reloj y ver si estamos sincronizados, una vez efectuado el disparo, la escuadra formada por los soldados a la voz de mando empiezan a desfilar regresando por donde habían venido.
Se encienden las luces y procedemos a bajar por la escalera al patio donde se ha celebrado la ceremonia, de ahí nos dirigimos hacia la salida, no sin antes dar un vistazo al interior del recinto y observar alguna cosa, en la que aprecie los servios que se prestan en el interior durante la visita que se realiza durante el día en la fortaleza. Salimos de la Fortaleza, el taxi nos estaba esperando para devolvernos al hotel.
El Cañonazo de las 910
Valoración
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Accesibilidad
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Se tiene que ver
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Barato